Testaferros
Los testaferros
Por Rodolfo Herrera Charolet
Recientemente se ha reiniciado el debate sobre la necesidad de la regulación de los medios de comunicación, en cuanto a la necedad de algunos de sus integrantes, de hacer uso de la calumnia o del chisme de alcoba, ya sea para amedrentar a sus adversarios o para generar riqueza a partir del escarnio público. Esta necesidad, parte del abuso en la que han incurrido diversos propagadores de opinión, que en la profesión periodística también son conocidos como testaferros.
Sin embargo, a pesar del abuso indiscriminado en el que incurren estos testaferros –que desvirtúan el libre periodismo- debe privilegiarse en todo momento la libertad de expresión, aún cuando ésta siendo dolosa en muchas ocasiones acapara la atención pública. Oportunidad que no debe ser soslayada para quienes ejercen cargos públicos.
La palabra “testaferro” se relaciona equivocadamente con el delito, teniendo por sentado que todos los “testaferros” fueran delincuentes, cuando también los hay honrados. En la vorágine periodística provocada por los testaferros, los afectados –en su mayoría funcionarios públicos- recurren como defensa a la denuncia penal, por sentir agraviado su honor o sus intereses, instrumento poco eficaz puesto que la penalidad es mínima, comparado con el profundo daño que puede causarse a la persona o a la sociedad.
En la prensa abundan variados ejemplos de actos o publicaciones cometidas por testaferros, algunos agazapados en la ambigüedad de la ley, otros en franca rebeldía a la norma y los pocos y más dañinos que no respetando a la sociedad llevan el supuesto de la ley a su límite, sabedores de la flexibilidad y falta de actuación oportuna de los resortes sociales.
En diversos códigos civiles la figura del testaferro es legalmente válida. Su naturaleza jurídica es la de un mandatario sin representación. De conformidad con lo establecido en las normas el testaferro tiene representación indirecta, en donde actúa en nombre propio pero por cuenta de otro.
En el periodismo un testaferro –también llamado hombre paja- publica a nombre propio, lo que otro desea que sea conocido, dicho de otra forma, el testaferro utiliza su propia fama para hacer suyas las imputaciones que pretende otro que sean publicadas. Para que se confirme la figura del testaferro, éste hace propio el reclamo o imputación, aún cuando en ocasiones recurre a una artimaña conocida como rumor o denuncia, sea anónima o por seudónimo para “proteger” la fuente.
Aún cuando hay testaferros onerosos, también los hay gratuitos, quienes por motivación propia o intereses comunes, aceptan gustosos el oficio. A estas alturas, una definición general de testaferro, sería entonces; “El que presta su nombre en un asunto, contrato o negocio cuando el que lo realiza es en realidad otra persona, oficio que puede ser oneroso o gratuito”.
Sin embargo, no obstante que la libertad de prensa debe ser promovida y no acotada, la misma debe otorgar igualdad a las partes, a fin de que no se comentan atropellos que provoquen perjuicio a las partes o a terceros. No tomar en cuenta este planteamiento, equivale a prostituir el espíritu que ha dado origen al derecho humano que se consagra en la mayoría de las constituciones del mundo.
Por lo pronto y a fin de aterrizar este escrito en el ámbito local, sería prudente hacer una lista de testaferros conocidos o de aquellos que presumiblemente adolecen de este oficio y tratar de indagar su fuente, a fin de que los negocios públicos no se afecten por el escarnio del escándalo público.
¿O no lo cree usted?

